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El “Hijo del Cazador”
Pocos conocían
la procedencia de este misterioso personaje. Había llegado junto a los
fundadores de aquella colonia cuando todavía era un jovenzuelo, que habían
encontrado vagando por los lindes occidentales del Bosque Argénteo, en las
arboledas de la naciente de las montañas. Eso había sido hacia casi medio siglo
atrás y él seguía siendo un hombre joven
Con paso
firme, se dirigía hasta la plaza de la ciudad, con un cervatillo a los hombros.
Su “familia” necesitaba provisiones extra para el invierno. Pronto, uno de los
aldeanos más jóvenes se acercó a ayudar.
¾
¿no tuvimos suerte hoy, Laregmir? Parece que no
pudiste con los grandes…
¾
Si tanto te quejas por falta de comida… ¿Por qué
no me ayudas a traer a los otros tres mas grandes que deje en casa?— Laregmir
se planto frente al muchacho y lo miro fijamente. Sus ojos lobunos se clavaron
en su interlocutor y, acto seguido, le echó el cervatillo encima –Toma y
llévaselo a los Harmond para que lo preparen.
El joven cargo
dificultosamente con el animal muerto en dirección a una de las casas de la
pequeña villa mientras maldecía entre dientes. No era justo. No entendía por
que ese hombre tan extraño era tan respetado. No entendía por que los ancianos
lo llamaban “el Hijo del Cazador”.
Por un momento
se volvió para mirar a Laregmir Mellyan. Había algo extraño en aquel hombre de
cabellos oscuros y mirada helada.
El invierno
helaba con su manto de oscuridad a las tierras australes del mundo. La
primavera era todavía lejana, mas era ansiada por los corazones de todos los
que respiraban, vivían y amaban.
Con el viento
azotando su rostro, el “Hijo del Cazador” marchaba hacia las afueras del pueblo, hacia
su pequeño hogar. El dolor se apodero de su corazón cuando vislumbro al sol
ocultándose en el horizonte. Muchos años habían pasado, pero los recuerdos lo
seguían atormentando. ¿Cincuenta y un años habían pasado ya? Extrañaba a su
madre. Extrañaba sus bosques. Extrañaba la paz.
Pronto llego a
su cabaña. Todavía se encontraban apilados los cuerpos de tres ciervos de gran
tamaño. Desvió la vista, pues la escena le daba asco. El sol se había ido ya.
Hacia cincuenta y un años, sus manos se habían manchado de la sangre de su
madre. Esa noche lo acompañaría hasta el fin de sus días.
Lentamente
abrió la miserable puerta de madera. Musito unas palabras inaudibles, como
confesando un secreto, mientras movía grácilmente sus manos. El cuarto se
ilumino. Los cachorros de lobo que había salvado hacia unos días dormían
placidamente. Se acercó a los animalitos y cariñosamente los cubrió con una
manta de lana.
¾ Duerman
tranquilos, mis pequeños. Yo también comprendo su dolor.
Con paso lento
se propuso a encender un fuego en la chimenea. El conjuro de luz no duraría
para siempre y, además, hacia frío. Los lobeznos se movieron gustosos bajo su
manta.
Luego de
cubrirse con un manto de pieles, Laregmir se dispuso a encender su pipa y
contemplar las llamas, como hacia todas las noches. Solo así podía poner en
claro sus pensamientos, apaciguar un poco la tormenta de su alma. Acomodó un
mechón de su renegrido cabello que había caído sobre su rostro y se dejo llevar
por su fiel amante: la soledad.
Un solitario
lobo aúllo en la noche.
La mañana
llego, con un mortecino sol, plateado como la luna misma. Los quejidos de los
lobeznos arrancaron a Laregmir de su profundo sueño. Otro día de trabajo para
sustentar a la colonia.
Luego de
calzarse las botas y su gruesa capa de lana, se dispuso a terminar de llevar
los frutos de la cacería del día anterior a la residencia de los Harmond. Abrió
la puerta, y dio un paso fuera del
interior de su casa.
Algo no andaba
bien.
Rápidamente,
retrocedió y tranco la puerta, tan ves fuera solo un brote de paranoia
injustificada, pero no podía dejarse tomar desprevenido. No podía ser que los
siervos no estuvieran en el lugar que los había dejado, siendo que los
lugareños nunca hacían nada sin avisarle previamente y los animales cazadores
del bosque jamás molestaban a quien como su protector.
Solo después
de haberse vestido con la armadura de cuero que utilizaba para ir a cazar y
habiendo cargado su arco consigo, decidió echar rumbo al pueblo. No había
rastros de huellas desde su casa al poblado, pero eso podía deberse a una
nevada nocturna o al mismo viento, tan fuerte en aquellos paramos.
Decidió echar
rumbo al pequeño asentamiento de bajas cabañas de madera y piedra, aquel lugar
al que todavía le costaba llamar hogar.
Cuando llego,
todo parecía normal. Las gentes estaban ocupados e sus tareas, tareas
necesarias para la supervivencia de la localidad. Un poco mas tranquilo, camino
en dirección de la casa de los Harmond, familia que lideraba la caravana que lo
había encontrado hacia tantos años.
Saludo a unos
de los ancianos del lugar que pasaban cerca de él. Aunque fríamente, estos
respondieron el saludo. Todo era normal.
Al final llego
al centro del poblado, una gran casa que funcionaba como granero comunal y
deposito de alimentos y donde, además, Vivian los Harmond. Pese a su tamaño, el
lugar no era gran cosa.
Habiendo
llegado a la puerta de la parte que funcionaba como vivienda, Laregmir toco la
campanilla que indicaba la llegada de visitas. Estaba helando allí fuera y lo
mismo tuvo que esperar unos minutos antes de que la puerta finalmente se
abriera.
De repente, un
alegre rostro apareció detrás de la puerta.
--- ¡Señor
Mellyan!—la joven de espesa cabellera enmarañada y ojos adormilados parecía
claramente sorprendida--- ¿Qué esta haciendo aquí? Bueno, no es que su
presencia sea una molestia, todo lo contrario, pero es…
--- Esta bien
Danna, entiendo a lo que quieres llegar, y ya te he dicho que dejes de llamarme
señor Mellyan, solo dime Laregmir ---
a Laregmir le divirtió un poco el gesto de la joven --- solo he venido a
preguntar si alguien ha traído unos siervos que tenia apilados junto a mi casa.
El gesto de
Danna Harmond perdió la exaltación inicial. Era sabido por todos lo que la
joven sentía por el cazador. Muchos la habían tratado de persuadir diciendo que
Laregmir era incluso mayor que su padre y el jamás sentiría nada por ella, pero
sin resultado alguno. Ella simplemente estaba enamorada.
--- Lo siento
seño… Laregmir, pero no han traído nada aquí desde ayer que usted nos visito
--- el tono de Danna era claramente menos alegre que antes---. Creo que mi
padre no a quitado el candado del deposito todavía. Si quiere, puedo llevarlo a
inspeccionar las reservas. Solo espere que me termine de vestir.
Con un gesto
de la cabeza, Laregmir asintió y se sentó a esperar. No podía negar que era
bella.
Solo habían
pasado unos pocos minutos y ella salio de la casa. Nadie podía negar que no era
bella su largo cabello castaño caía pesado, enmarcando su rostro de suaves
facciones y piel perfecta. Vestía una gruesa tunica verde hoja y un ceñido
corsé de cuero marrón, que marcaba su magnifica figura.
--- Vamos, Laregmir.
Ágilmente,
avanzó hasta el cazador e intento aferrarse de su brazo. Con un movimiento
rápido, Laregmir la evito y se puso a caminar con paso firme. No debía olvidar
por que estaba allí.
Danna no lo
noto, pero el semielfo (pues esto era el cazador), es avanzaba por delante si
advirtió que habían arrancado la cadena que mantenía cerrada la puerta. El
suelo mostraba huellas también. Huellas parecidas a las de los lobos, pero
mucho más grandes y, además, parecía ser que estos seres se movían en dos
patas.
--- Danna,
quiero que vallas por tu padre o cualquiera que encuentres y dile que hay que
tomar las armas--- Laregmir hizo una pausa y luego prosiguió---. Se que algo no
esta bien.
--- ¿Pero que
es lo que pasa, señor Mellyan?
--- ¡HAS LO
QUE TE DIGO!
Asustada, la
joven Harmond salio corriendo. Ahora podría proceder.
Tan
silenciosamente como pudo, Laregmir comenzó a empujar la puerta y trato de
escuchar el indicio de alguna criatura en el interior de la oscura habitación.
No se escuchaba un alma. Sacó una flecha de su aljaba y la coloco en la tirante
cuerda de su arco.
Comenzó a
tensarla
Con una
tremenda patada, el Laregmir Mellyan abrió las puertas y disparo la flecha
sobre la primera criatura, dando justo en el blanco. Sorprendentemente, el ser
de rasgos lobunos seguía en pie, aunque
dio un aullido de dolor.
Una segunda
criatura surgió de las sombras y descargo su pesada espada sobre el hombro
izquierdo de Laregmir.
Gracias a su
gran agilidad, el semielfo pudo moverse justo a tiempo para evitar lo que
pudiera ser un golpe mortal, recibiendo solo un fuerte golpe por parte de una
estantería que cayo por el simbrón del golpe en la pared. Esto le dio tiempo de
desenvainar su daga.
Con una rápida
zancada, se situó en el flanco de la
criatura y la apuñalo a la altura de los riñones, haciendo que esta se
retorciera de dolor por un momento. Justo al ver esto, su compañero se abalanzo
contra el mortífero atacante, todavía con la flecha clavada en la pierna, pero
trastabillo y callo de bruces en el suelo, dándole la oportunidad ideal a Laregmir para atacar.
Con un
espectacular salto, cayo sobre la criatura, inmovilizándola para luego cortar
su garganta de lado a lado, dejando que la negra sangre de la bestia fluyera
manchando todo el depósito. Antes de poder erguirse de nuevo, Laregmir escucho el lastimero aullido de muerte del
segundo de estos “hombres lobo” que estaba en la habitación.
--- ¿Qué rayos
esta pasando? ¿Que eran estas malditas cosas?
El hombre que
vocifero estas palabras estaba parado firme por sobre uno de los cadáveres de
las extrañas criaturas. Su hacha de leñador goteaba negra sangre.
--- No lo se
Jornam--- Laregmir miro directamente a los oscuros ojos del hombretón--.
Pero estaban tratando de dejarnos sin
provisiones.
Y por primera
vez se detuvieron a analizar la escena. Dos carretas estaban abarrotadas de
provisiones y listas para ser llevadas. Los barriles de cerveza estaban abiertos
y algunos estaban volcados. Pero algo no cerraba ¿Por qué estas extrañas
criaturas robaban provisiones? Tal vez fueran…
No. No podían
ser, pero esas figuras le parecían extrañamente conocidas, como si las hubiera
visto en las sombras del pasado, en un sueño lejano. En todo caso, esto no tenía nada que ver con
lo que paso aquella vez, aquella noche.
--- Laregmir,
no es tiempo de soñar despierto --- Jornam Harmond lo estaba mirando fijo y con
gesto ceñudo---. Vamos, viejo amigo, tenemos que reunir al pueblo y comunicar a
todos sobre esto aunque --- e hizo una pausa para mirar a la multitud que se amuchaba en la calle, liderada por su
hija Danna—tan ves eso no nos cueste demasiado trabajo.
--- Así será,
hermano mío.
Y con gesto
solemne, Laregmir Mellyan limpió la hoja de su daga en el suave pelaje de las
bestias.
La noche había
caído ya cuando todos los lugareños se reunieron en concilio. Se la reunión se
llevaba a cabo en la plaza del pueblo, una pequeña área despejada donde se
solían realizar banquetes y bailes para celebrar la llegada de la época de
cosechas. Pero esta era una ocasión totalmente distinta.
Las antorchas
y las hogueras brillaban en la oscuridad; los horrores que asechan en las
sombras siempre han asustado a los colonos. Algunos de los jóvenes más
valerosos fueron enviados a patrullar, armados y acompañados por los grandes
perros lobo que últimamente solían criarse en estos parajes. En la tarima de la
plaza, coronando la escena, se distinguían cuatro imponentes figuras.
Con gesto
severo, Laregmir Mellyan y Jornam Harmond contemplaban a la pequeña multitud
reunida, unas ochenta personas tal vez. El miedo se olía en el aire.
Las otras dos
figuras pertenecían a las dos criaturas
que fueron asesinadas en el almacén de los Harmond. Dos imponentes guerreros de
casi ocho pies de altura y de contextura fuerte yacían amarrados a unos postes.
Eran una mezcla perfecta entre un hombre y un lobo gris. Sus suaves pelajes
estaban manchados de sangre negra y uno de ellos tenia la cabeza colgando, como
separada del cuerpo. Aun después de la muerte tenían irradiaban una fiereza sin
igual. Podían verse sus colmillos amarillentos asomándose detrás de su gesto de
furia, que los acompañaba incluso después de perder la batalla.
Como todos
esperaban, Jornam dio la primera palabra
--Amigos míos,
supongo que todos pueden ver por que estamos aquí – hizo una pausa para mirar a
todos los presentes, luego continuo
>>La
pasada madrugada, justo antes del alba, nuestro buen Laregmir fue victima de un
robo, un robo que nos concernía a todos. Tres grandes ciervos, las presas que
había capturado para contribuir a nuestra reserva de alimentos, desaparecieron.
Gracias a un oscuro presentimiento, o tal vez pura suerte, decidió partir al
amanecer a mi casa, a revisar nuestros depósitos en caso que alguien hubiera
llevado los animales. Si no fuera por haber cargado sus armas con él, es
posible que no estuviera aquí presente con nosotros<<
Un suspiro
generalizado zumbó en el aire. Laregmir mantenía su gesto impasible.
Pasaron unos
minutos que parecieron horas sin que nadie dijera nada. Una mirada y un gesto
del actual jefe de los Harmond insito al montaras a decir algo, aquello que lo
estaba inquietando desde aquella escaramuza de la que afortunadamente había
salido bien parado.
--Lo que
sucedió esta mañana, temo que podría ser un indicio de un peligro inimaginable
para todos los que vivimos por estos parajes – con un suave movimiento de su
mano, se quito un mechón de su renegrido cabello de la cara --. Es hora de
contarles mi historia…
>> Hace
ya más de medio siglo, yo vivía con mi madre y mi hermano no pequeño en un
pueblo similar a este en las montañas, no muy lejos de los lindes del Bosque de
Plata. Fue en esta misma fecha, bajo la luz de la luna llena que se dio lugar a
la tragedia.
Todos
estábamos durmiendo cuando, de pronto, escuchamos gritos desesperados. Nos
estaban atacando. Mi madre, que era una excelente hechicera, fue a hacer frente
a los atacantes junto a los hombres del pueblo, pero eran demasiados. Docenas
de orcos bien armados contra unos pocos campesinos con rastrillos y palas no es
una pelea de lo mas justa. Yo quería ayudar, hacer lo que haría mi padre, que
en ese momento seguía en una guerra de la que nunca había oído, pero me
encomendaron huir con mi hermano.
En la noche,
através de la nieve y la oscuridad, corrí con mi hermano en brazos. Y fue allí
donde todo se volvió oscuro. Lo ultimo que recuerdo de ese momento era la
figura borrosa de lo que parecía un ser mitad hombre y mitad lobo. Luego de
eso, una flecha atravesó a mi hermano y se clavo en mi pecho, por enzima del
corazón. Dos días después, el finado Golmir Harmond y la caravana que fundo
este pueblo me encontró medio muerto, caminando sin rumbo entre la foresta.
<<
-- Temo que
esta sea solo una avanzadilla y que todos estén en peligro.
Una mujer
rompió en llantos. El miedo entre la multitud se hacia cada vez mas patente.
Jornam se
acercó a Laregmir, y lo tomo por el hombro. Su expresión también revelaba un
atisbo de temor. Tragó saliva y se humedeció los labios antes de pronunciar
palabra alguna.
-- Nos acabas
de anunciar nuestra sentencia de muerte… esta será una aventura de la que no
saldremos triunfantes.
Los dos se
miraron a los ojos durante unos instantes.
-- No viejo
amigo – y el montaraz levanto la vista para contemplar el oscuro manto de la
noche, salpicado de frías estrellas--, te equivocas. Tal vez nuestras correrías
de cuando eras mas joven nos salven a todos.
La caravana
avanzaba por en medio de la noche a través de los congelados bosques. Solo llevaban
lo indispensable: comida, agua y abrigo.
El plan era
simple. Deberían atrincherarse en algún lugar seguro. Es por eso que las ruinas
del sur fueron el lugar elegido.
Nada se sabia
del origen de aquellas ruinas. Algunos decían que estaba allí desde hacia miles
y miles de años, cuando la tierra era joven y los primeros hijos de las fatas
se habían aventurado fuera de los bosques. Otros, por su parte, tenían la
impresión de que aquel lugar había sido una fortaleza de los poderes malignos
del mundo hacia siglos atrás. Pero solo una cosa era segura: aquellos muros de
erosionada piedra irradiaban magia… magia muy poderosa.
Finalmente
llegaron, luego de horas de penosa marcha.
Suaves muros
de piedra, aunque corroídos por el paso de las eras, seguían siendo un monumento majestuoso, imponente, ajeno al
mundo de aquellos dias. Como brotadas del suelo, y no se distinguía unión entre
bloques de aquello que parecía mármol verde. Débiles y frías, extrañas runas
titilaban por las pulidas superficies del lugar. La hierba crecía entre las
grietas del suelo empedrado, tan suave y parejo como en los días en que fueron
colocadas. Pero, había algo más, algo extraño. Era esa calidez, esa sensación
acogedora, pacífica, un aura de vida en aquel lugar abandonado a merced de las
edades.
-- Jornam,
¿recuerdas los dias en que veniamos aquí para escapar de tu padre cuando queria
que lo ayudaras con la cosecha?
-- Si, y
también recuerdo nuesto tesoro, “viejo pálido”
-- Creo que
mis oidos me engañan… ¿me dijiste viejo pálido?
-- ¿Acaso
recuerdas esto también?
Y con estas
palabras, el hombretón derribo a su compañero para luego enredarlo con su capa.
Todos se quedaron viendo como los dos hombres mas importantes del pueblo
comenzaban a jugar como niños, dándose golpes y empujones y rodando por el
suelo enzarzados en un amistoso combate. Danna Harmond jamás pensó ver a su
padre y a su amor imposible de esa manera, y una pequeña sonrisa se dibujo en
su delicado rostro.
Apenas
llegaron a las estructuras ruinas en si, se pusieron manos a la obra. Se
cortaron muchos árboles y se taparon muchas puertas. Debían fortificar el
lugar.
Mientras
Jornam dirigía la construcción de estas barricadas muros, Laregmir hablaba con un grupo de los
hombres que ayudarían en caso de lucha.
Las instrucciones eran simples: mantener a las mujeres y a los niños en una
bóveda sellada que se encontraba en una de las derruidas torres y luchar en
pequeños grupos, hombro con hombro, en
aquellos lugares estrechos y pasillos. Él y otros dos arqueros se encargarían
de dar el golpe inicial desde las partes altas de las ruinas, tratando de
disminuir o disuadir a las fuerzas invasoras antes de que se pasara a la lucha
cuerpo a cuerpo. Luego, tras haber eliminado a tantos enemigos como se pudiera,
se replegarían a la cámara de la bóveda, donde tratarían de flanquear a los
atacantes conforme fueran ingresando. Era un plan arriesgado y difícil de
llevar a cabo, pero era lo único que podrían hacer.

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