domingo, 23 de octubre de 2016

Capitulo 1



1


El “Hijo del Cazador”




Pocos conocían la procedencia de este misterioso personaje. Había llegado junto a los fundadores de aquella colonia cuando todavía era un jovenzuelo, que habían encontrado vagando por los lindes occidentales del Bosque Argénteo, en las arboledas de la naciente de las montañas. Eso había sido hacia casi medio siglo atrás y él seguía siendo un hombre joven
Con paso firme, se dirigía hasta la plaza de la ciudad, con un cervatillo a los hombros. Su “familia” necesitaba provisiones extra para el invierno. Pronto, uno de los aldeanos más jóvenes se acercó a ayudar.
¾    ¿no tuvimos suerte hoy, Laregmir? Parece que no pudiste con los grandes…
¾    Si tanto te quejas por falta de comida… ¿Por qué no me ayudas a traer a los otros tres mas grandes que deje en casa?— Laregmir se planto frente al muchacho y lo miro fijamente. Sus ojos lobunos se clavaron en su interlocutor y, acto seguido, le echó el cervatillo encima –Toma y llévaselo a los Harmond para que lo preparen.
El joven cargo dificultosamente con el animal muerto en dirección a una de las casas de la pequeña villa mientras maldecía entre dientes. No era justo. No entendía por que ese hombre tan extraño era tan respetado. No entendía por que los ancianos lo llamaban  el Hijo del Cazador”.
Por un momento se volvió para mirar a Laregmir Mellyan. Había algo extraño en aquel hombre de cabellos oscuros y mirada helada.

El invierno helaba con su manto de oscuridad a las tierras australes del mundo. La primavera era todavía lejana, mas era ansiada por los corazones de todos los que respiraban, vivían y amaban.

Con el viento azotando su rostro, el “Hijo del Cazador  marchaba hacia las afueras del pueblo, hacia su pequeño hogar. El dolor se apodero de su corazón cuando vislumbro al sol ocultándose en el horizonte. Muchos años habían pasado, pero los recuerdos lo seguían atormentando. ¿Cincuenta y un años habían pasado ya? Extrañaba a su madre. Extrañaba sus bosques. Extrañaba la paz.
Pronto llego a su cabaña. Todavía se encontraban apilados los cuerpos de tres ciervos de gran tamaño. Desvió la vista, pues la escena le daba asco. El sol se había ido ya. Hacia cincuenta y un años, sus manos se habían manchado de la sangre de su madre. Esa noche lo acompañaría hasta el fin de sus días.
Lentamente abrió la miserable puerta de madera. Musito unas palabras inaudibles, como confesando un secreto, mientras movía grácilmente sus manos. El cuarto se ilumino. Los cachorros de lobo que había salvado hacia unos días dormían placidamente. Se acercó a los animalitos y cariñosamente los cubrió con una manta de lana.
¾  Duerman tranquilos, mis pequeños. Yo también comprendo su dolor.
Con paso lento se propuso a encender un fuego en la chimenea. El conjuro de luz no duraría para siempre y, además, hacia frío. Los lobeznos se movieron gustosos bajo su manta.
Luego de cubrirse con un manto de pieles, Laregmir se dispuso a encender su pipa y contemplar las llamas, como hacia todas las noches. Solo así podía poner en claro sus pensamientos, apaciguar un poco la tormenta de su alma. Acomodó un mechón de su renegrido cabello que había caído sobre su rostro y se dejo llevar por su fiel amante: la soledad.
Un solitario lobo aúllo en la noche.

La mañana llego, con un mortecino sol, plateado como la luna misma. Los quejidos de los lobeznos arrancaron a Laregmir de su profundo sueño. Otro día de trabajo para sustentar a la colonia.
Luego de calzarse las botas y su gruesa capa de lana, se dispuso a terminar de llevar los frutos de la cacería del día anterior a la residencia de los Harmond. Abrió la puerta,  y dio un paso fuera del interior de su casa.
Algo no andaba bien.
Rápidamente, retrocedió y tranco la puerta, tan ves fuera solo un brote de paranoia injustificada, pero no podía dejarse tomar desprevenido. No podía ser que los siervos no estuvieran en el lugar que los había dejado, siendo que los lugareños nunca hacían nada sin avisarle previamente y los animales cazadores del bosque jamás molestaban a quien como su protector.
Solo después de haberse vestido con la armadura de cuero que utilizaba para ir a cazar y habiendo cargado su arco consigo, decidió echar rumbo al pueblo. No había rastros de huellas desde su casa al poblado, pero eso podía deberse a una nevada nocturna o al mismo viento, tan fuerte en aquellos paramos.
Decidió echar rumbo al pequeño asentamiento de bajas cabañas de madera y piedra, aquel lugar al que todavía le costaba llamar hogar.
Cuando llego, todo parecía normal. Las gentes estaban ocupados e sus tareas, tareas necesarias para la supervivencia de la localidad. Un poco mas tranquilo, camino en dirección de la casa de los Harmond, familia que lideraba la caravana que lo había encontrado hacia tantos años.
Saludo a unos de los ancianos del lugar que pasaban cerca de él. Aunque fríamente, estos respondieron el saludo. Todo era normal.
Al final llego al centro del poblado, una gran casa que funcionaba como granero comunal y deposito de alimentos y donde, además, Vivian los Harmond. Pese a su tamaño, el lugar no era gran cosa.
Habiendo llegado a la puerta de la parte que funcionaba como vivienda, Laregmir toco la campanilla que indicaba la llegada de visitas. Estaba helando allí fuera y lo mismo tuvo que esperar unos minutos antes de que la puerta finalmente se abriera.
De repente, un alegre rostro apareció detrás de la puerta.
­­--- ¡Señor Mellyan!—la joven de espesa cabellera enmarañada y ojos adormilados parecía claramente sorprendida--- ¿Qué esta haciendo aquí? Bueno, no es que su presencia sea una molestia, todo lo contrario, pero es…
--- Esta bien Danna, entiendo a lo que quieres llegar, y ya te he dicho que dejes de llamarme señor Mellyan, solo dime Laregmir --- a Laregmir le divirtió un poco el gesto de la joven --- solo he venido a preguntar si alguien ha traído unos siervos que tenia apilados junto a mi casa.
El gesto de Danna Harmond perdió la exaltación inicial. Era sabido por todos lo que la joven sentía por el cazador. Muchos la habían tratado de persuadir diciendo que Laregmir era incluso mayor que su padre y el jamás sentiría nada por ella, pero sin resultado alguno. Ella simplemente estaba enamorada.
--- Lo siento seño… Laregmir, pero no han traído nada aquí desde ayer que usted nos visito --- el tono de Danna era claramente menos alegre que antes---. Creo que mi padre no a quitado el candado del deposito todavía. Si quiere, puedo llevarlo a inspeccionar las reservas. Solo espere que me termine de vestir.
Con un gesto de la cabeza, Laregmir asintió y se sentó a esperar. No podía negar que era bella.
Solo habían pasado unos pocos minutos y ella salio de la casa. Nadie podía negar que no era bella su largo cabello castaño caía pesado, enmarcando su rostro de suaves facciones y piel perfecta. Vestía una gruesa tunica verde hoja y un ceñido corsé de cuero marrón, que marcaba su magnifica figura.
--- Vamos, Laregmir.
Ágilmente, avanzó hasta el cazador e intento aferrarse de su brazo. Con un movimiento rápido, Laregmir la evito y se puso a caminar con paso firme. No debía olvidar por que estaba allí.
Danna no lo noto, pero el semielfo (pues esto era el cazador), es avanzaba por delante si advirtió que habían arrancado la cadena que mantenía cerrada la puerta. El suelo mostraba huellas también. Huellas parecidas a las de los lobos, pero mucho más grandes y, además, parecía ser que estos seres se movían en dos patas.
--- Danna, quiero que vallas por tu padre o cualquiera que encuentres y dile que hay que tomar las armas--- Laregmir hizo una pausa y luego prosiguió---. Se que algo no esta bien.
--- ¿Pero que es lo que pasa, señor Mellyan?
--- ¡HAS LO QUE TE DIGO!
Asustada, la joven Harmond salio corriendo. Ahora podría proceder.
Tan silenciosamente como pudo, Laregmir comenzó a empujar la puerta y trato de escuchar el indicio de alguna criatura en el interior de la oscura habitación. No se escuchaba un alma. Sacó una flecha de su aljaba y la coloco en la tirante cuerda de su arco.
Comenzó a tensarla
Con una tremenda patada, el Laregmir Mellyan abrió las puertas y disparo la flecha sobre la primera criatura, dando justo en el blanco. Sorprendentemente, el ser de rasgos lobunos seguía en pie, aunque  dio un aullido de dolor.
Una segunda criatura surgió de las sombras y descargo su pesada espada sobre el hombro izquierdo de Laregmir.
Gracias a su gran agilidad, el semielfo pudo moverse justo a tiempo para evitar lo que pudiera ser un golpe mortal, recibiendo solo un fuerte golpe por parte de una estantería que cayo por el simbrón del golpe en la pared. Esto le dio tiempo de desenvainar su daga.
Con una rápida zancada, se  situó en el flanco de la criatura y la apuñalo a la altura de los riñones, haciendo que esta se retorciera de dolor por un momento. Justo al ver esto, su compañero se abalanzo contra el mortífero atacante, todavía con la flecha clavada en la pierna, pero trastabillo y callo de bruces en el suelo, dándole la oportunidad ideal  a Laregmir para atacar.
Con un espectacular salto, cayo sobre la criatura, inmovilizándola para luego cortar su garganta de lado a lado, dejando que la negra sangre de la bestia fluyera manchando todo el depósito. Antes de poder erguirse de nuevo, Laregmir  escucho el lastimero aullido de muerte del segundo de estos “hombres lobo” que estaba en la habitación.
--- ¿Qué rayos esta pasando? ¿Que eran estas malditas cosas?
El hombre que vocifero estas palabras estaba parado firme por sobre uno de los cadáveres de las extrañas criaturas. Su hacha de leñador goteaba negra sangre.
--- No lo se Jornam--- Laregmir miro directamente a los oscuros ojos del hombretón--. Pero  estaban tratando de dejarnos sin provisiones.
Y por primera vez se detuvieron a analizar la escena. Dos carretas estaban abarrotadas de provisiones y listas para ser llevadas. Los barriles de cerveza estaban abiertos y algunos estaban volcados. Pero algo no cerraba ¿Por qué estas extrañas criaturas robaban provisiones? Tal vez fueran…
No. No podían ser, pero esas figuras le parecían extrañamente conocidas, como si las hubiera visto en las sombras del pasado, en un sueño lejano.  En todo caso, esto no tenía nada que ver con lo que paso aquella vez, aquella noche.
--- Laregmir, no es tiempo de soñar despierto --- Jornam Harmond lo estaba mirando fijo y con gesto ceñudo---. Vamos, viejo amigo, tenemos que reunir al pueblo y comunicar a todos sobre esto aunque --- e hizo una pausa para mirar a la multitud  que se amuchaba en la calle, liderada por su hija Danna—tan ves eso no nos cueste demasiado trabajo.
--- Así será, hermano mío.
Y con gesto solemne, Laregmir Mellyan limpió la hoja de su daga en el suave pelaje de las bestias.

La noche había caído ya cuando todos los lugareños se reunieron en concilio. Se la reunión se llevaba a cabo en la plaza del pueblo, una pequeña área despejada donde se solían realizar banquetes y bailes para celebrar la llegada de la época de cosechas. Pero esta era una ocasión totalmente distinta.
Las antorchas y las hogueras brillaban en la oscuridad; los horrores que asechan en las sombras siempre han asustado a los colonos. Algunos de los jóvenes más valerosos fueron enviados a patrullar, armados y acompañados por los grandes perros lobo que últimamente solían criarse en estos parajes. En la tarima de la plaza, coronando la escena, se distinguían cuatro imponentes figuras.
Con gesto severo, Laregmir Mellyan y Jornam Harmond contemplaban a la pequeña multitud reunida, unas ochenta personas tal vez. El miedo se olía en el aire.
Las otras dos figuras  pertenecían a las dos criaturas que fueron asesinadas en el almacén de los Harmond. Dos imponentes guerreros de casi ocho pies de altura y de contextura fuerte yacían amarrados a unos postes. Eran una mezcla perfecta entre un hombre y un lobo gris. Sus suaves pelajes estaban manchados de sangre negra y uno de ellos tenia la cabeza colgando, como separada del cuerpo. Aun después de la muerte tenían irradiaban una fiereza sin igual. Podían verse sus colmillos amarillentos asomándose detrás de su gesto de furia, que los acompañaba incluso después de perder la batalla.
Como todos esperaban, Jornam dio la primera palabra
--Amigos míos, supongo que todos pueden ver por que estamos aquí – hizo una pausa para mirar a todos los presentes, luego continuo
>>La pasada madrugada, justo antes del alba, nuestro buen Laregmir fue victima de un robo, un robo que nos concernía a todos. Tres grandes ciervos, las presas que había capturado para contribuir a nuestra reserva de alimentos, desaparecieron. Gracias a un oscuro presentimiento, o tal vez pura suerte, decidió partir al amanecer a mi casa, a revisar nuestros depósitos en caso que alguien hubiera llevado los animales. Si no fuera por haber cargado sus armas con él, es posible que no estuviera aquí presente con nosotros<<
Un suspiro generalizado zumbó en el aire. Laregmir mantenía su gesto impasible.
Pasaron unos minutos que parecieron horas sin que nadie dijera nada. Una mirada y un gesto del actual jefe de los Harmond insito al montaras a decir algo, aquello que lo estaba inquietando desde aquella escaramuza de la que afortunadamente había salido bien parado.
--Lo que sucedió esta mañana, temo que podría ser un indicio de un peligro inimaginable para todos los que vivimos por estos parajes – con un suave movimiento de su mano, se quito un mechón de su renegrido cabello de la cara --. Es hora de contarles mi historia…
>> Hace ya más de medio siglo, yo vivía con mi madre y mi hermano no pequeño en un pueblo similar a este en las montañas, no muy lejos de los lindes del Bosque de Plata. Fue en esta misma fecha, bajo la luz de la luna llena que se dio lugar a la tragedia.
Todos estábamos durmiendo cuando, de pronto, escuchamos gritos desesperados. Nos estaban atacando. Mi madre, que era una excelente hechicera, fue a hacer frente a los atacantes junto a los hombres del pueblo, pero eran demasiados. Docenas de orcos bien armados contra unos pocos campesinos con rastrillos y palas no es una pelea de lo mas justa. Yo quería ayudar, hacer lo que haría mi padre, que en ese momento seguía en una guerra de la que nunca había oído, pero me encomendaron huir con mi hermano.
En la noche, através de la nieve y la oscuridad, corrí con mi hermano en brazos. Y fue allí donde todo se volvió oscuro. Lo ultimo que recuerdo de ese momento era la figura borrosa de lo que parecía un ser mitad hombre y mitad lobo. Luego de eso, una flecha atravesó a mi hermano y se clavo en mi pecho, por enzima del corazón. Dos días después, el finado Golmir Harmond y la caravana que fundo este pueblo me encontró medio muerto, caminando sin rumbo entre la foresta. <<
-- Temo que esta sea solo una avanzadilla y que todos estén en peligro.
Una mujer rompió en llantos. El miedo entre la multitud se hacia cada vez mas patente.
Jornam se acercó a Laregmir, y lo tomo por el hombro. Su expresión también revelaba un atisbo de temor. Tragó saliva y se humedeció los labios antes de pronunciar palabra alguna.
-- Nos acabas de anunciar nuestra sentencia de muerte… esta será una aventura de la que no saldremos triunfantes.
Los dos se miraron a los ojos durante unos instantes.
-- No viejo amigo – y el montaraz levanto la vista para contemplar el oscuro manto de la noche, salpicado de frías estrellas--, te equivocas. Tal vez nuestras correrías de cuando eras mas joven nos salven a todos.

La caravana avanzaba por en medio de la noche a través de los congelados bosques. Solo llevaban lo indispensable: comida, agua y abrigo.
El plan era simple. Deberían atrincherarse en algún lugar seguro. Es por eso que las ruinas del sur fueron el lugar elegido.
Nada se sabia del origen de aquellas ruinas. Algunos decían que estaba allí desde hacia miles y miles de años, cuando la tierra era joven y los primeros hijos de las fatas se habían aventurado fuera de los bosques. Otros, por su parte, tenían la impresión de que aquel lugar había sido una fortaleza de los poderes malignos del mundo hacia siglos atrás. Pero solo una cosa era segura: aquellos muros de erosionada piedra irradiaban magia… magia muy poderosa.
Finalmente llegaron, luego de horas de penosa marcha.
Suaves muros de piedra, aunque corroídos por el paso de las eras, seguían siendo un  monumento majestuoso, imponente, ajeno al mundo de aquellos dias. Como brotadas del suelo, y no se distinguía unión entre bloques de aquello que parecía mármol verde. Débiles y frías, extrañas runas titilaban por las pulidas superficies del lugar. La hierba crecía entre las grietas del suelo empedrado, tan suave y parejo como en los días en que fueron colocadas. Pero, había algo más, algo extraño. Era esa calidez, esa sensación acogedora, pacífica, un aura de vida en aquel lugar abandonado a merced de las edades.
-- Jornam, ¿recuerdas los dias en que veniamos aquí para escapar de tu padre cuando queria que lo ayudaras con la cosecha?
-- Si, y también recuerdo nuesto tesoro, “viejo pálido”
-- Creo que mis oidos me engañan… ¿me dijiste viejo pálido?
-- ¿Acaso recuerdas esto también?
Y con estas palabras, el hombretón derribo a su compañero para luego enredarlo con su capa. Todos se quedaron viendo como los dos hombres mas importantes del pueblo comenzaban a jugar como niños, dándose golpes y empujones y rodando por el suelo enzarzados en un amistoso combate. Danna Harmond jamás pensó ver a su padre y a su amor imposible de esa manera, y una pequeña sonrisa se dibujo en su delicado rostro.

Apenas llegaron a las estructuras ruinas en si, se pusieron manos a la obra. Se cortaron muchos árboles y se taparon muchas puertas. Debían fortificar el lugar.
Mientras Jornam dirigía la construcción de estas barricadas  muros, Laregmir hablaba con un grupo de los hombres  que ayudarían en caso de lucha. Las instrucciones eran simples: mantener a las mujeres y a los niños en una bóveda sellada que se encontraba en una de las derruidas torres y luchar en pequeños grupos, hombro con  hombro, en aquellos lugares estrechos y pasillos. Él y otros dos arqueros se encargarían de dar el golpe inicial desde las partes altas de las ruinas, tratando de disminuir o disuadir a las fuerzas invasoras antes de que se pasara a la lucha cuerpo a cuerpo. Luego, tras haber eliminado a tantos enemigos como se pudiera, se replegarían a la cámara de la bóveda, donde tratarían de flanquear a los atacantes conforme fueran ingresando. Era un plan arriesgado y difícil de llevar a cabo, pero era lo único que podrían hacer.


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